asteroide03: Sevilla tiene un Girasol especial


“Ahora tenemos un calor magnífico e intenso y no corre nada de viento, es lo adecuado para mí. Un sol, una luz que, a falta de un calificativo mejor, sólo puedo definir con amarillo, un pálido amarillo azufre, un amarillo limón pálido. ¡Qué hermoso es el amarillo!” (Vincent Van Gogh, Carta a Theo nº 522).

 

Para Van Gogh el amarillo era el color que representaba su mundo interior, la vida, el calor y la luz, al ser el color del sol. Por ello, el artista mandó pintar de este color su casa en Arlés, llamada “la casa amarilla”, su primer espacio personal, que pensaba compartir con otros artistas convirtiéndola así en una comunidad.

Un poquito más al sur de Arlés, en Dos Hermanas (Sevilla), se encuentra otra comunidad de artistas: el “asteroide03”. Este asteroide es amarillo como los girasoles y la casa de Van Gogh. Por eso, en la tierra, tiene el nombre de Waldorf Sevilla “Girasol”.

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En el asteroide-Girasol, los artistas trabajan la huerta, pintan con acuarela, saltan en colchones, trepan a los árboles, hacen pan, cantan, bailan y tienen juguetes hechos por sus familias y profes.


asteroide02: El bosque de los gnomos de Aravaca


“Nuestro mayor esfuerzo debe ser el desarrollo de seres humanos libres, que sean capaces por sí mismos de impartir propósito y dirección a sus vidas”. Rudolf Steiner

 

Hace muchos, muchos años, un señor muy sabio llamado Rudolf Steiner visitó la fábrica de cigarrillos Waldorf-Astoria, en tierras de la Selva Negra (en Stuttgart, Alemania). En su visita les contó a los trabajadores de la fábrica una bonita historia sobre un mundo fantástico en el que los colegios, la gente que manda y el dinero (que también manda) vivían en casas separadas, jugaban juntos y nunca se peleaban. Esta fabula fascinó al señor Molt, el dueño de la fábrica; tanto le maravilló que le propuso a Steiner que construyera una escuela para los hijos de sus empleados, un cole como el de ese mundo, para que así el cuento se volviera realidad. De esta forma nació la Escuela libre Waldorf. A los pocos años, empezaron a crecer nuevos coles como el del cuento por toda Alemania, después, por toda Europa y después, por todo el mundo, llegando casi al número 1000.

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Cerca de 100 años más tarde de la visita del señor Steiner a la fábrica de cigarrillos Waldorf-Astoria, el asteroide37 descubrió que muy cerca de su órbita se encontraba el asteroide02″. Un asteroide con un bosque de pinos, casas para pájaros y otras casas para unos seres pequeños pero siete veces más fuertes que nosotros, y veloces. Un asteroide como el cole del cuento. Un asteroide conocido en la Tierra con el nombre de la Escuela Waldorf de Aravaca (Madrid).

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asteroide01: Esto no es Finlandia (aunque lo parezca)


“Uno de los ejes fundamentales de la escala de valores de los finlandeses es el desarrollo personal como ser humano. Valoran a las personas por lo que son y hacen, y no por lo que fueron sus padres o por el grupo social al que pertenecen”. Xavier Melgarejo “Gracias, Finlandia” 

 

Casi 4000 km al sur de Helsinki se encuentra una colonia de 25.000 finlandeses, la mayor colonia finlandesa fuera de los países nórdicos. Estos finlandeses del sur cuentan con una radio propia, publicaciones en finés, informativos en la tele local en su lengua y un colegio con su sistema educativo, de hecho, es el único colegio finlandés de toda España y el único fuera de las fronteras de ese país del noreste de Europa que se extiende hasta el Bachillerato. Por eso, y por más motivos que iréis descubriendo a lo largo de este viaje lo llamaremos “asteroide01″.

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El “asteroide01″ es un cole muy diferente a los nuestros. Lo es por la originalidad de ciertas asignaturas de su currículum, sus descansos de 15 minutos entre clase y clase, el uso del juego y la belleza como elementos pedagógicos, la posibilidad de aprender 5 idiomas, la horizontalidad de las relaciones entre alumnos y profesores y la libertad pedagógica y el prestigio social de los docentes.


Para que siempre veas el elefante dentro de la boa


Cuando yo tenía nueve años vi un libro en una de las estanterías de mi casa con una portada que cautivó mi atención. En ella salía un niño de cabellos dorados en un pequeño planeta, un poco más grande que una casa, con flores, volcanes y árboles. Al abrirlo vi que además de letras tenía dibujos, así que empecé a leerlo. En esa época yo tenía mucho tiempo para leer, también lo tenía para jugar, incluso para “perderlo”. La prisa aún no formaba parte de mi vida, y cuando uno se viste despacio puede disfrutar de las cosas.

No os voy a engañar diciéndoos que llegué al trasfondo filosófico de Saint-Exupéry en ese momento; en nuestra primera cita, El Principito y yo sólo jugamos.

Algunos años después, este libro volvió a caer en mis manos, en mis ojos y en mi cerebro, pero ya de otra manera. En aquel entonces, yo seguía viendo el elefante dentro de la boa, así que aún no estaba todo perdido. A lo largo de mi viaje con este niño, me di cuenta de que no quería volverme “gente seria” como los habitantes de los asteroides que íbamos visitando.

Hace unos meses, todo seguía sin estar perdido, tanto que encontré dos cosas: a muchos, muchos, muchísimos habitantes de distintos asteroides que compartían con este niño la manera de ver el mundo, y conmigo, y contigo, por supuesto; y la forma de contar el nuevo viaje que íbamos a emprender para conocerlos a todos. Nuevo porque será diferente y porque ahora contamos con más viajeros, contigo, por supuesto.

Sombrero